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martes, 23 de octubre de 2012

Autonomía, la fórmula incompleta


¡Viva la diferencia!

  
Gabriela Ichaso Elcuaz

Publicado en El Deber y Revista Piedra Libre



"Si quieres construir un barco,
no empieces por buscar madera,
cortar tablas o distribuir el trabajo,
sino que primero has de evocar en los hombres
el anhelo de mar libre y ancho."

Antoine Saint Exupéry

El profesor de matemática, Carlos Kissling, nos decía: ¡No sea burro, m’hijito, vaya al cuartel que allá mis alumnos le enseñen a plantear ecuaciones! ¡No sea burra, m’hijita, si no sabe igualar la ecuación, mejor que se case! 

Sus calificaciones eran tres: cero (le valía un bledo que el uno significara que una se presentó al examen), tres coma cinco (si acertabas a uno de los dos ejercicios y que redondeaba a tres porque era aplazo) y siete (si los dos los hacías correctamente). No era más. Así salimos todos del cole: brillantes o buenos pero ninguno negado para matemáticas.

¿Tenía una pedagogía de la matemática? ¡Por supuesto! ¡Cien ejercicios diarios y si no los hacías, a llorar al velorio!

Quienes han seguido el camino de las ciencias exactas, la comprenden y quienes se dedican a otra cosa, desde las artes y la música hasta la gastronomía o la moda, dicen no entenderla y hasta odiarla pero la practican, les guste o no, en sus quehaceres. La realidad es que nadie vive sin matemática, incluída la mamá que estira las monedas para alimentar siquiera una vez al día a sus niños.

Tampoco se es un ser humano pleno sin ejercer derechos, responsabilidades y obligaciones con autonomía. Nuestros padres, a tropezones porque nadie nace sabiendo, nos apuran a pasar de la teta al tazón y a la comida, a sentarnos, ponernos de pie y dar pasos casi sin edad, a llegar adelantados al primer grado de primaria, a ponernos a trabajar o a estudiar, según el caso, en oficio o profesión. Nos dan facilidades o nos empujan a valernos por nosotros mismos. Nos paren y educan para ser autónomos.  De ahí, a cuánto éxito logra la misión o cuán felices alcanzamos a ser, depende de cada uno.  Claro, encontramos que nos apuraron a muchas cosas para un mundo que, en gran medida, nos recuerda lo bien que se estaba sin apurarnos.

Como la matemática en casi toda acción cotidiana, la autonomía está presente en nuestro modus operandi individual. Somos dueños de nuestra autonomía, acotada en la vida en sociedad, conjunto de autonomías personales que se desenvuelven bajo las reglas necesarias para la convivencia pacífica.

¿Existe otra autonomía además de la propia? Nos dijeron que sí, que las instituciones querían autonomía y nos apuraron a elegirla un 4 de mayo para salvarnos del monstruo lejano, que no nos alivia de los problemas cotidianos ni los soluciona.

Nos dijeron que votáramos por un Gobernador y un Alcalde que identificamos con Autonomía, esa diosa de luz que acabaría con el oscuro centralismo.

¡No seamos burros, m’hijito! Autonomía no es cruz de plata ni agua bendita. Autonomía somos usted, vos, yo, nosotros, todos y tenemos que ponernos de acuerdo para darle un contenido colectivo si queremos exorcizar al mal que nos aqueja, a ese monstruo que tiene mucho de historia frustrada y de mal contada:  a ese monstruo que, en el fondo, está instalado en la equivocada ecuación que nos hemos creído, en los mojones muertos que no suman ni multiplican, en las banderas que flameamos para esconder que no estamos siendo capaces de ejercitar cien veces al día para dejar de aplazarnos.

Directora de Idearia, comunicación y educación | Twitter / gabitadelsur



sábado, 22 de septiembre de 2012

Santa Cruz nace en septiembre


¡Viva la diferencia! | Gabriela Ichaso Elcuaz (*)


A 202 años de las gestas libertarias de 1810, en Santa Cruz nos vestimos más de fiesta que a diario: en septiembre, las escuelas florecen de niños, niñas y adolescentes vistiendo de blanco y de tipoy, apurando los ensayos de las bandas de música y las guaripoleras, las madres sacan de donde no tienen e improvisan primorosos trajes, trenzas, maquillajes, abarcas, banderas bicolores de verde del follaje.

Es el mes de la juventud, del amor, de la primavera, de la más pura Santa Cruz con cerca del 60% de población menor de 25 años: la tierra prometida, a más de 2000 km. de distancia a la redonda de las grandes capitales latinoamericanas.

Al amparo de nuestra historia nacida en las traslaciones migratorias propias de una aldea de frontera que lidiaba con la naturaleza y sus fuerzas, nuestros ancestros disfrutaron y sufrieron los designios del aislamiento y los grandes acontecimientos que provocaron las novedades de la civilización:  fueron del sur los ejércitos auxiliares alzados contra España que aquí emuló Andrés Ibáñez, hoy emblema de una autonomía igualitaria convertida en muletilla, entonces fustigado por la “clase”, tan pobre como cualquiera pero heredera de las primeras casas del centro, de apellidos hispanos, del campo y sus frutos; no llegaron Bolívar ni Sucre. Fueron el guano, el salitre y los ingleses en Chile los que al dar línea férrea a cambio del mar de esa Bolivia andina, movilizaron la capital de la antigua y desconocida Gobernación misteriosa para la Audiencia de Charcas, esa que le guardaba la llanura de las fauces del Brasil, y reclamó “ferrocarril o nada” para no volver a quedarse ajena al país que la incorporó sin tomarla en cuenta… y ganó nada. Fue la sed de petróleo la que confrontó en la cruenta guerra del Chaco a sus hijos hermanos como si fueran enemigos y la fundación de YPFB la que motivara a los cruceños de los años sesenta a exigir regalías, crear la Corporación Regional de Desarrollo y reunirse a sí mismos para darse los servicios de luz, agua potable, telefonía, que, como los baños enlozados, no existían a casi tres décadas del siglo XXI.

Y ahí nos quedamos, sin inventar nada nuevo, echándole la culpa al Gobierno nacional de turno: peleándonos con la historia de finales de siglo y del que comienza, incapaces de reconocernos en lo que nos convertimos, dejando la política en manos de quienes la detentaron desde la independencia porque aquí se pensó que rascar para adentro y contar lo buenos que fuimos solitos, era suficiente.

Creímos que la migración fue la de nuestros padres y cualquier otra, invasión a lo nuestro. Creímos que las provincias estarían bien sintiéndonos orgullosos desde la gran ciudad, hablando de nuestro pueblo. Creímos que las milicias del voto popular y la reforma agraria, habían hecho bastante con estropearnos con dolor y adentro. No hicimos, luego, nada que no fuera propio y nos dejó de importar lo que hicieran terceros.  Fuimos incapaces de reproducir la creatividad, el instinto colectivo de sobrevivencia, el emprendimiento visionario, en cuanto cambiamos la hospitalidad por la oportunidad del dinero, la pobreza por la comodidad, la educación por la rentabilidad. Fuimos incapaces de construir Yacuses porque el interés privado se instaló sobre el ideal público: como la hidroeléctrica Rositas, como la siderurgia Mutún, como la salida al mar por Puerto Busch. Fuimos incapaces de sembrar las regalías en descentralización, organización y militancia ciudadana, como después en pensar e invertir en grandes proyectos regionales con los presupuestos autónomos de la UAGRM, la Prefectura y el Gobierno Municipal de Santa Cruz de la Sierra, poderosa alianza del sector estatal cruceño.  En 2012, las marchas son por más plata para sueldos de catedráticos, menos horas de trabajo para la salud pública.

Hay que quebrar estas décadas de ausencia política sin compromiso. Santa Cruz siempre nace en septiembre y la historia de lucha por un futuro con los valores que nos hicieron diferentes y varias generaciones abandonaron, aún no ha comenzado. El mundo está cambiando y la incapacidad nos está impidiendo ser parte activa de la historia: es hora que dejemos la chicana y de tapar el sol con el dedo.

Directora de Idearia, comunicación y educación | twitter/gabitadelsur