Sentido común
Bolivia país de inclusión
Gabriela Ichaso Elcuaz
No me
dejes fuera, dice el lema que acompaña el lanzamiento de la campaña presentada
por el Ministerio de Comunicación con la imagen de una persona en silla de
ruedas.
Podríamos
acordar primero lo que se entiende por exclusión y está claro que será un
proceso tan largo como el que añares tomó eliminar el concepto de raza, negra,
blanca y amarilla, reconocido oficialmente hasta el siglo pasado.
Es que
la inclusión, el antónimo de exclusión, pasa por reconocer que nuestras
creencias y prejuicios, nos han colocado en una actitud bastante poco humanista
y poco o nada predispuesta a deshacernos de las etiquetas con que apodamos a
quien observamos una apariencia o un comportamiento diferente a un estereotipo
determinado.
La
Constitución Política del Estado, en un intento por garantizar los derechos
iguales de las personas sin ningún tipo de discriminación, incurre en la
utilización de los términos inclusión e integración, que para este fin son
sinónimos.
Para
decirlo corto y claro, la discriminación es aquella acción que excluye y
desintegra de los derechos fundamentales, civiles y políticos a cualquier
persona alta, baja, pelirroja, morocha, gorda, flaca, con mayor o menor movilidad,
silenciosa o parlanchina, inquieta o sedentaria, vieja o joven, etc. además de
su origen, orientación sexual, identidad, filiación, ideología, fe, filiación,
idioma, cultura, grado de instrucción, discapacidad, por cualquier razón o
motivo, exceptuando aquellos previstos como delitos o prescritos como requisito
para el ejercicio de dichos derechos.
Tenemos
un largo camino por recorrer en tiempos en los que se ha avanzado mucho en
derechos de las personas y, sin embargo, la exclusión persiste a cada instante
y en todos lados. Los movimientos como
el feminismo han logrado mucho en este sentido, aún cargando con el estigma
–otra vez las etiquetas- de ser constituido por mujeres que están en contra de
los hombres. También esa falacia se cae a pedazos, menos mal, cuando se
observan los logros alcanzados.
Nos
falta desaprender y reaprender para comprender y modificar la actitud y eso
pasa, otra vez, por una acción que atraviese el corazón de las políticas
públicas, incluyendo, integrando, incorporando, las iniciativas ya existentes
en todo el país: escuelas alternativas, centros de apoyo, instituciones
solidarias, asociaciones de padres, toda una movida real y necesaria, que va
más allá de las discapacidades y las etiquetas.
Son iniciativas de personas que viven excluídas porque los “capacitados”
las etiquetaron como diferentes y ser diferente no es ser menos. Es ser humano
igual.
(*) Directora Ejecutiva de Idearia ·
Twitter/gabitadelsur
