lunes, 31 de diciembre de 2012
martes, 18 de diciembre de 2012
El problema no es "mierda": Más acá de las palabras
| por Sergio Sinay | ||
| Masticando las palabras, y con la dicción pastosa que suele usar en sus pocas y arrebatadas alocuciones públicas, el jefe de gabinete del gobierno argentino dijo que no podía esperarse otro fallo de una “Cámara de mierda” como la que, en un principio, extendió una medida cautelar en favor del grupo Clarín. La palabra mierda no debería horrorizar a nadie, existe en el diccionario y en nuestro vocabulario, se instala en nuestras conversaciones y pensamientos cotidianos e incluso (como otras “malas” palabras) cumple necesarias funciones en numerosas obras maestras de la literatura, el teatro o el cine.
La palabra mierda no es el problema. El problema es que, más acá de ella, son muy pocas, muy pobres, muy elementales y precarias las herramientas de lenguaje que suelen usar éste y otros funcionarios y legisladores en materia de pensamiento, reflexión, comunicación y argumentación. Cada vez hablan peor (hablar mal y ser mal hablado no es necesariamente lo mismo, muchos mal hablados se comunican muy bien), son adictos a twitter (donde habitualmente 140 caracteres sobran a la hora de la anemia argumental), al insulto o a la descalificación. Más de 5 mil años fueron necesarios para pasar del garrote, el gruñido o la pintura rupestre al lenguaje como hoy lo conocemos, con sus idiomas, normas, sintaxis. Todas esas centurias son la historia de la evolución del pensamiento. Las palabras crean el mundo, construyen puentes que llevan a encuentros en donde cada quien rompe la caparazón de la soledad existencial, las palabras nutren, ordenan y reflejan pensamientos, expresan emociones y sentimientos, nos revelan, nos hacen humanos. Lo que hacemos con ellas nos lo hacemos y se lo hacemos al otro y al mundo. Las palabras sanan o enferman, mejoran el mundo o lo degradan. Como lo hacemos nosotros cuando las pronunciamos, puesto que somos las únicas criaturas que hablan.
La palabra mierda puede ser poesía en unos labios (que la han elegido entre muchas otras, que la usan por riqueza y no por pobreza) o puede degradar el aire que atraviesa cuando es todo lo que quien la emite sabe decir, cuando sus argumentos no pueden ir más allá de ella. El lenguaje nunca es inocente y jamás es neutro. Nuestras palabras, el modo en que las elegimos y articulamos, los propósitos a cuyo servicio las usamos, la completitud o vacío de sentido que exhiben, dicen mucho de nosotros. Las palabras nunca callan y jamás ocultan, aunque pretendamos usarlas como pantallas.
Las palabras son también síntomas. Mierda, escupida por un jefe de gabinete a la hora de argumentar puede revelar tanta pobreza intelectual como los diluvios de palabras (dichas desde instancias más altas) que anegan nuestros oídos sin pausa, día a día, construyendo relatos que, también día a día, desbarata el viento insobornable de la realidad.
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sábado, 8 de diciembre de 2012
lunes, 3 de diciembre de 2012
La discapacidad de no tener corazón
¡Viva la diferencia!
Publicado en revista Piedra Libre y diario El Deber
Gabriela Ichaso Elcuaz
Entendamos primero el concepto de discapacidad como la inaccesibilidad de
una persona a distintos niveles de la sociedad en la que vive, la cual le resta
oportunidades, así descrita por la Convención de los Derechos de las Personas
con Discapacidad, suscrita por el número más alto de signatarios en las
Naciones Unidas, el 13 de diciembre de 2006.
Discapacidad, entonces, que no sea incapacidad nuestra además: los
normales, incapacitados de aceptar, de no marginar, de no discriminar, de no
juzgar como subnormal, a quien es diferente, a quien le falta algo que los
demás tenemos, a quien le sobra algo que los demás envidiamos o desconocemos, a
quien no comprende nuestras burlas, ironías y crueldades aprovechándonos de su
inocencia, a quien no habla con la voz o no escucha o no lee chino, castellano,
inglés o portugués pero sí los habla con el lenguaje de señas o el braille -lenguajes que no se nos ha
ocurrido aprender como políglotas que nos creemos-, a quien no le interesa la
moda, el protocolo, los horarios, las formas que inventó una sociedad que
olvida que fuimos hechos para amar y ser amados y no para encasillarnos en estereotipos.
Leonardo Farfán, amigo con Asperger, dice que a la larga todos nos vamos
volviendo discapacitados al ir envejeciendo.
En sus “Confesiones de un caracol”, nos desnuda su forma personal de ver
el mundo. Lo recomiendo por sorprendente, fácil de leer y revelador. La ciencia
ha intentado discernir en teorías de la mente, manifestaciones de personas
distintas a las “social y políticamente correctas” que difieren en sus formas
de relacionamiento, por ejemplo, y han sido marginadas de la escuela y de las
amistades por la incapacidad de las personas “normales” de aceptarlas e
integrarlas.
La ciudad, en viviendas, negocios y espacio público, debería prever la
eliminación de las barreras arquitectónicas que obstaculizan uso y
funcionamiento a personas que no ven, que no escuchan, que andan con bastón,
silla de ruedas o cochechito, etc. Todas las escuelas deberían aceptar a toda
persona capaz de aprender, de forma distinta, pero que requiere más capacidad
del maestro en lugar de excluirla, sin darle oportunidad suficiente, a un
centro especial.
Esta primera semana de adviento, creceríamos como seres humanos si
reconocemos con la atención a un igual a las personas que aprendimos mal a sentirles
lástima con una limosna, mirándolas por encima del hombro.
Idearia,
comunicación y educación | Twitter / gabitadelsur
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