¡Viva la diferencia!
Gabriela Ichaso Elcuaz
Publicado en El Deber y Revista Piedra Libre
"Si quieres construir un
barco,
no empieces por buscar madera,
cortar tablas o distribuir el
trabajo,
sino que primero has de evocar
en los hombres
el anhelo de mar libre y
ancho."
Antoine Saint
Exupéry
El profesor de matemática, Carlos
Kissling, nos decía: ¡No sea burro, m’hijito, vaya al cuartel que allá mis
alumnos le enseñen a plantear ecuaciones! ¡No sea burra, m’hijita, si no sabe
igualar la ecuación, mejor que se case!
Sus calificaciones eran tres: cero
(le valía un bledo que el uno significara que una se presentó al examen), tres
coma cinco (si acertabas a uno de los dos ejercicios y que redondeaba a tres
porque era aplazo) y siete (si los dos los hacías correctamente). No era más.
Así salimos todos del cole: brillantes o buenos pero ninguno negado para
matemáticas.
¿Tenía una pedagogía de la
matemática? ¡Por supuesto! ¡Cien ejercicios diarios y si no los hacías, a llorar
al velorio!
Quienes han seguido el camino de las
ciencias exactas, la comprenden y quienes se dedican a otra cosa, desde las
artes y la música hasta la gastronomía o la moda, dicen no entenderla y hasta
odiarla pero la practican, les guste o no, en sus quehaceres. La realidad es
que nadie vive sin matemática, incluída la mamá que estira las monedas para
alimentar siquiera una vez al día a sus niños.
Tampoco se es un ser humano pleno
sin ejercer derechos, responsabilidades y obligaciones con autonomía. Nuestros
padres, a tropezones porque nadie nace sabiendo, nos apuran a pasar de la teta
al tazón y a la comida, a sentarnos, ponernos de pie y dar pasos casi sin edad,
a llegar adelantados al primer grado de primaria, a ponernos a trabajar o a estudiar,
según el caso, en oficio o profesión. Nos dan facilidades o nos empujan a
valernos por nosotros mismos. Nos paren y educan para ser autónomos. De ahí, a cuánto éxito logra la misión o cuán
felices alcanzamos a ser, depende de cada uno.
Claro, encontramos que nos apuraron a muchas cosas para un mundo que, en
gran medida, nos recuerda lo bien que se estaba sin apurarnos.
Como la matemática en casi toda
acción cotidiana, la autonomía está presente en nuestro modus operandi
individual. Somos dueños de nuestra autonomía, acotada en la vida en sociedad,
conjunto de autonomías personales que se desenvuelven bajo las reglas
necesarias para la convivencia pacífica.
¿Existe otra autonomía además de la
propia? Nos dijeron que sí, que las instituciones querían autonomía y nos
apuraron a elegirla un 4 de mayo para salvarnos del monstruo lejano, que no nos
alivia de los problemas cotidianos ni los soluciona.
Nos dijeron que votáramos por un
Gobernador y un Alcalde que identificamos con Autonomía, esa diosa de luz que
acabaría con el oscuro centralismo.
¡No seamos burros, m’hijito!
Autonomía no es cruz de plata ni agua bendita. Autonomía somos usted, vos, yo,
nosotros, todos y tenemos que ponernos de acuerdo para darle un contenido
colectivo si queremos exorcizar al mal que nos aqueja, a ese monstruo que tiene
mucho de historia frustrada y de mal contada:
a ese monstruo que, en el fondo, está instalado en la equivocada
ecuación que nos hemos creído, en los mojones muertos que no suman ni
multiplican, en las banderas que flameamos para esconder que no estamos siendo
capaces de ejercitar cien veces al día para dejar de aplazarnos.
Directora de Idearia, comunicación y
educación | Twitter / gabitadelsur

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