La poeta, escritora y activista Eve Ensler vivió en su cabeza. En esta potente disertación de TEDWomen, habla sobre la desconexión de su cuerpo, que duró toda su vida, y de cómo dos eventos impactantes la ayudaron a conectarse con la realidad, la la realidad física de ser humana
sábado, 23 de marzo de 2013
miércoles, 20 de marzo de 2013
| Che, Francisco, bienaventuradas la alegría y la buena fe
¡Viva la diferencia!
Gabriela Ichaso | Editorial de PiedraLibre 91 y artículo semanal de El Deber
En este mundo tan previsible y
apurado para lo negativo, lo malo, la descalificación ligera y la desconfianza
antelada, no terminábamos de dudar de las razones de Benedicto XVI para abdicar
o desertar como Papa y jefe de Estado, cuando la sorpresa de la abrumadora
elección del Obispo de Buenos Aires como nuevo líder de la Iglesia Católica,
nos conmovió hasta el tuétano.
Removió la infancia del catecismo militante
en la Parroquia Nuestra Señora del Valle, la Virgen morena en la ciudad de La
Plata, donde las adolescentes catequistas lucían el crucifijo de plata en el
pecho y la palabra de Jesús en los labios, enseñándonos a cantar los domingos
con guitarra y bombo, a caminar compartiendo el micro, la merienda, el estudio,
la pobreza como forma maravillosa de vida, fundada en el saber, en el trabajo y
en la familia. Eran años revueltos, en
los que el pueblo argentino vivió el infierno y la militancia de ser clase
media estudiosa y comprometida fue arrastrada a la peor tortura por el delito
de pensar y querer cambiar el mundo, que asusta porque libera y los que tienen
miedo a perder sus privilegios, matan, hacen matar o dejan matar.
El Estado nos organiza para convivir
en libertad: la fe es parte de esa libertad y cada quien la practica según sus
creencias. Así, no comulgo con el Estado
Vaticano, ni con la estructura vertical, autoritaria y burócrata en que se
convirtió la Iglesia de Pedro, apóstol de la palabra y la obra de Cristo. Ni qué decir de los tribunales absurdos
católicos, como los de la prensa, la Policía, las Fuerzas Armadas, mal llamados
“especiales”, que encubren crímenes contra la humanidad, desde el libelo y la
calumnia hasta la pederastia, pasando por el abuso de poder y el terrorismo de
Estado.
La llegada de Francisco es una luz
en el fondo del túnel: la posibilidad de retomar y conducir por el mundo esos
valores cristianos de voto de pobreza, la sencillez, el perdón, la bondad, el
amor, tan pasados de moda o impostados, reñidos con la forma de vida que
llevamos. Una luz con alegría y con
esperanza.
¡Bienaventurado, Francisco, que
necesitábamos además de fe, quién la represente, la viva y la ejerza como uno
más de estas tierras! Aquí, en este país
te esperarán seguramente en la Ciudad de la Alegría, testimonio de la Iglesia
de los pobres, y las Misiones Jesuíticas, las únicas vivas de América, de donde
echaron tiempo atrás a los evangelizadores del verdadero fin del mundo!
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Santa Cruz de la Sierra
domingo, 17 de marzo de 2013
Francisco, travieso e inteligente, ¿"enfant terrible" de la Iglesia Católica?
Explorando los límites del Papa Francisco
La Iglesia tiene dogmas difícilmente mutantes. Son solo de obligado cumplimiento para los católicos y siempre tienen el alivio de que la confesión pone la cuenta de nuevo en cero. Desde esa perspectiva simplista, nada que objetar a que los miembros de un club acepten pertenecer a él en función de las normas que lo rigen. Es el uso de la libertad el que se emplea para pertenecer o no a la Iglesia de Roma o a cualquier otra confesión.
El problema es cuando la Iglesia quiere interferir en las normas civiles, intentando que sus dogmas se conviertan en obligado cumplimiento. En el fondo, el intento de transformar en leyes sus credos es una confesión de la inseguridad de que los fieles las cumplan por adhesión y de obligar al resto de la poblacióna asumir una convicciones que deberían ser privativas de los católicos, mediante el uso coercitivo de las normas civiles.
Todas las iglesias quieren imponer sus credos a la sociedad civil.El Catolicismo ha ido perdiendo capacidad de influencia civila lo largo de la historia. Eso forma parte de la institucionalización y democratización de las sociedades.
Como todavía algunos estados siguen condicionados por la influencia de la Iglesia en la vida civil, la evolución de esta institución es un asunto que interesa a todos por la siempre ecuación de que cuanto más permisivas y tolerantes sean sus normas más fácil será convivir con sus deseos de contaminación al estado.
El Papa Francisco causa una primera impresión de innovador de las prácticas de la Iglesia, no en cuanto a la sexualidad y reproducción, pero si en sus deseos de alineamiento con los más humildes. Pero no podemos pecar de ingenuidad:los límites de transformación de la Iglesia tienen algunas barreras que son infranqueables por la propia naturaleza de la religión. Conocer los límites de lo posible es acercarse a la posibilidad de lo quimérico.
La influencia de la Iglesia, aunque solo fuera por el número de sus seguidores, es enorme. Una Iglesia que se vuelque con los pobres necesariamente tendrá que confrontarse con los ricos. Y ese es el primer dilema del Papa Francisco. No es lo mismo agarrar el subte y el colectivo en las calles de Buenos Aires que viajar en bicicleta por Roma. Pero es un punto de partida.
Hay algo en la mirada del Papa que me inspira confianza. Hay algo de irónico en sus semblante que me hace confiar en que tiene la tentación de la rebeldía inteligente. Me parece que le gustaría ser el enfant terrible del Vaticano.
A este mundo le vendría bien un pequeño tsunami en el corazón de la Iglesia. Sobre todo porque el neoliberalismo imperante da mucho margen para hacerse transgresor. Y el Papa, sin calcetines de seda en sus zapatos de obligado púrpura, tiene un semblante travieso como para atreverse a sacar las patitas de un tiesto demasiado estrecho para él.
Carlos Carnicero | Bitácora para náufragos de la izquierda
www.ccarnicero.com
viernes, 15 de marzo de 2013
| Ningún hombre es una isla
Ningún hombre es una isla, decía el poeta inglés John Donne, sino parte de un continente.
Cuando suenan las campanas, agregaba, no preguntes por quién suenan. Lo hacen también por ti.
Lo que ocurre en el mundo nos toca a todos, aun a quienes no se creen o no se sienten parte de él y aun a quienes intentan hacerse un mundo aparte, desentendiéndose del latir del planeta.
La elección de un nuevo Papa afecta a todos, más allá de nuestra voluntad o nuestro deseo. Afecta a católicos, judíos, protestantes, musulmanes, budistas y ateos.
Es un hecho del mundo y toca a quienes lo habitan.
Por eso no es anecdótico que el nuevo Papa haya elegido llamarse Francisco.
No soy católico, pero abrigo la esperanza, a corazón abierto, de que actúe bajo la impronta de ese nombre, el del más pequeño, el más pobre, el más austero y el más amoroso de los santos (porque amó, y lo hizo con acciones, a todos los seres vivientes, de todas las especies).
Elegir llamarse Francisco en tiempos de derroche, de egoísmo, de soberbia, de indiferencia, de banalidad, de exhibicionismo y de impudicia moral, es, por lo menos, una buena declaración de principios. Y un buen principio.
Algunos miserables, ciegos, mercenarios de la inmoralidad y la prepotencia salieron pronto a descalificar a Francisco.
Miran su pequeño ombligo y lo confunden con el universo.
Ellos, nada menos. Incalificables, pequeños, cultores de la oscuridad en tiempos oscuros.
Por sus actos se los conoce. Se declaran islas. Y eso serán hasta que los tape el agua.
Mientras tanto, ¿por qué no la esperanza?
Hay momentos sombríos de la historia en los cuales, pese a todo, la esperanza es un hecho moral.
Personalmente, celebro a Francisco no porque es argentino (nadie elige en dónde nace), sino porque es Francisco.
por Sergio Sinay
Escritor, psicólgo, columnista del diario La Nación de Buenos Aires
Cuando suenan las campanas, agregaba, no preguntes por quién suenan. Lo hacen también por ti.
Lo que ocurre en el mundo nos toca a todos, aun a quienes no se creen o no se sienten parte de él y aun a quienes intentan hacerse un mundo aparte, desentendiéndose del latir del planeta.
La elección de un nuevo Papa afecta a todos, más allá de nuestra voluntad o nuestro deseo. Afecta a católicos, judíos, protestantes, musulmanes, budistas y ateos.
Es un hecho del mundo y toca a quienes lo habitan.
Por eso no es anecdótico que el nuevo Papa haya elegido llamarse Francisco.
No soy católico, pero abrigo la esperanza, a corazón abierto, de que actúe bajo la impronta de ese nombre, el del más pequeño, el más pobre, el más austero y el más amoroso de los santos (porque amó, y lo hizo con acciones, a todos los seres vivientes, de todas las especies).
Elegir llamarse Francisco en tiempos de derroche, de egoísmo, de soberbia, de indiferencia, de banalidad, de exhibicionismo y de impudicia moral, es, por lo menos, una buena declaración de principios. Y un buen principio.
Algunos miserables, ciegos, mercenarios de la inmoralidad y la prepotencia salieron pronto a descalificar a Francisco.
Miran su pequeño ombligo y lo confunden con el universo.
Ellos, nada menos. Incalificables, pequeños, cultores de la oscuridad en tiempos oscuros.
Por sus actos se los conoce. Se declaran islas. Y eso serán hasta que los tape el agua.
Mientras tanto, ¿por qué no la esperanza?
Hay momentos sombríos de la historia en los cuales, pese a todo, la esperanza es un hecho moral.
Personalmente, celebro a Francisco no porque es argentino (nadie elige en dónde nace), sino porque es Francisco.
por Sergio Sinay
Escritor, psicólgo, columnista del diario La Nación de Buenos Aires
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