¡Viva la diferencia! | Gabriela Ichaso Elcuaz (*)
A 202 años de las gestas libertarias de 1810, en Santa Cruz nos vestimos
más de fiesta que a diario: en septiembre, las escuelas florecen de niños, niñas
y adolescentes vistiendo de blanco y de tipoy, apurando los ensayos de las
bandas de música y las guaripoleras, las madres sacan de donde no tienen e
improvisan primorosos trajes, trenzas, maquillajes, abarcas, banderas bicolores
de verde del follaje.
Es el mes de la juventud, del amor, de la primavera, de la más pura Santa
Cruz con cerca del 60% de población menor de 25 años: la tierra prometida, a
más de 2000 km. de distancia a la redonda de las grandes capitales
latinoamericanas.
Al amparo de nuestra historia nacida en las traslaciones migratorias
propias de una aldea de frontera que lidiaba con la naturaleza y sus fuerzas,
nuestros ancestros disfrutaron y sufrieron los designios del aislamiento y los
grandes acontecimientos que provocaron las novedades de la civilización: fueron del sur los ejércitos auxiliares
alzados contra España que aquí emuló Andrés Ibáñez, hoy emblema de una autonomía
igualitaria convertida en muletilla, entonces fustigado por la “clase”, tan
pobre como cualquiera pero heredera de las primeras casas del centro, de
apellidos hispanos, del campo y sus frutos; no llegaron Bolívar ni Sucre.
Fueron el guano, el salitre y los ingleses en Chile los que al dar línea férrea
a cambio del mar de esa Bolivia andina, movilizaron la capital de la antigua y
desconocida Gobernación misteriosa para la Audiencia de Charcas, esa que le
guardaba la llanura de las fauces del Brasil, y reclamó “ferrocarril o nada”
para no volver a quedarse ajena al país que la incorporó sin tomarla en cuenta…
y ganó nada. Fue la sed de petróleo la que confrontó en la cruenta guerra del
Chaco a sus hijos hermanos como si fueran enemigos y la fundación de YPFB la
que motivara a los cruceños de los años sesenta a exigir regalías, crear la Corporación
Regional de Desarrollo y reunirse a sí mismos para darse los servicios de luz,
agua potable, telefonía, que, como los baños enlozados, no existían a casi tres
décadas del siglo XXI.
Y ahí nos quedamos, sin inventar nada nuevo, echándole la culpa al Gobierno
nacional de turno: peleándonos con la historia de finales de siglo y del que
comienza, incapaces de reconocernos en lo que nos convertimos, dejando la
política en manos de quienes la detentaron desde la independencia porque aquí
se pensó que rascar para adentro y contar lo buenos que fuimos solitos, era
suficiente.
Creímos que la migración fue la de nuestros padres y cualquier otra,
invasión a lo nuestro. Creímos que las provincias estarían bien sintiéndonos
orgullosos desde la gran ciudad, hablando de nuestro pueblo. Creímos que las
milicias del voto popular y la reforma agraria, habían hecho bastante con
estropearnos con dolor y adentro. No hicimos, luego, nada que no fuera propio y
nos dejó de importar lo que hicieran terceros.
Fuimos incapaces de reproducir la creatividad, el instinto colectivo de
sobrevivencia, el emprendimiento visionario, en cuanto cambiamos la
hospitalidad por la oportunidad del dinero, la pobreza por la comodidad, la
educación por la rentabilidad. Fuimos incapaces de construir Yacuses porque el
interés privado se instaló sobre el ideal público: como la hidroeléctrica Rositas,
como la siderurgia Mutún, como la salida al mar por Puerto Busch. Fuimos
incapaces de sembrar las regalías en descentralización, organización y
militancia ciudadana, como después en pensar e invertir en grandes proyectos regionales
con los presupuestos autónomos de la UAGRM, la Prefectura y el Gobierno Municipal
de Santa Cruz de la Sierra, poderosa alianza del sector estatal cruceño. En 2012, las marchas son por más plata para
sueldos de catedráticos, menos horas de trabajo para la salud pública.
Hay que quebrar estas décadas de ausencia política sin compromiso. Santa
Cruz siempre nace en septiembre y la historia de lucha por un futuro con los
valores que nos hicieron diferentes y varias generaciones abandonaron, aún no
ha comenzado. El mundo está cambiando y la incapacidad nos está impidiendo ser
parte activa de la historia: es hora que dejemos la chicana y de tapar el sol
con el dedo.
