¡Salud y enhorabuena! ¡Un aplauso para ustedes!
viernes, 15 de marzo de 2013
| Ningún hombre es una isla
Ningún hombre es una isla, decía el poeta inglés John Donne, sino parte de un continente.
Cuando suenan las campanas, agregaba, no preguntes por quién suenan. Lo hacen también por ti.
Lo que ocurre en el mundo nos toca a todos, aun a quienes no se creen o no se sienten parte de él y aun a quienes intentan hacerse un mundo aparte, desentendiéndose del latir del planeta.
La elección de un nuevo Papa afecta a todos, más allá de nuestra voluntad o nuestro deseo. Afecta a católicos, judíos, protestantes, musulmanes, budistas y ateos.
Es un hecho del mundo y toca a quienes lo habitan.
Por eso no es anecdótico que el nuevo Papa haya elegido llamarse Francisco.
No soy católico, pero abrigo la esperanza, a corazón abierto, de que actúe bajo la impronta de ese nombre, el del más pequeño, el más pobre, el más austero y el más amoroso de los santos (porque amó, y lo hizo con acciones, a todos los seres vivientes, de todas las especies).
Elegir llamarse Francisco en tiempos de derroche, de egoísmo, de soberbia, de indiferencia, de banalidad, de exhibicionismo y de impudicia moral, es, por lo menos, una buena declaración de principios. Y un buen principio.
Algunos miserables, ciegos, mercenarios de la inmoralidad y la prepotencia salieron pronto a descalificar a Francisco.
Miran su pequeño ombligo y lo confunden con el universo.
Ellos, nada menos. Incalificables, pequeños, cultores de la oscuridad en tiempos oscuros.
Por sus actos se los conoce. Se declaran islas. Y eso serán hasta que los tape el agua.
Mientras tanto, ¿por qué no la esperanza?
Hay momentos sombríos de la historia en los cuales, pese a todo, la esperanza es un hecho moral.
Personalmente, celebro a Francisco no porque es argentino (nadie elige en dónde nace), sino porque es Francisco.
por Sergio Sinay
Escritor, psicólgo, columnista del diario La Nación de Buenos Aires
Cuando suenan las campanas, agregaba, no preguntes por quién suenan. Lo hacen también por ti.
Lo que ocurre en el mundo nos toca a todos, aun a quienes no se creen o no se sienten parte de él y aun a quienes intentan hacerse un mundo aparte, desentendiéndose del latir del planeta.
La elección de un nuevo Papa afecta a todos, más allá de nuestra voluntad o nuestro deseo. Afecta a católicos, judíos, protestantes, musulmanes, budistas y ateos.
Es un hecho del mundo y toca a quienes lo habitan.
Por eso no es anecdótico que el nuevo Papa haya elegido llamarse Francisco.
No soy católico, pero abrigo la esperanza, a corazón abierto, de que actúe bajo la impronta de ese nombre, el del más pequeño, el más pobre, el más austero y el más amoroso de los santos (porque amó, y lo hizo con acciones, a todos los seres vivientes, de todas las especies).
Elegir llamarse Francisco en tiempos de derroche, de egoísmo, de soberbia, de indiferencia, de banalidad, de exhibicionismo y de impudicia moral, es, por lo menos, una buena declaración de principios. Y un buen principio.
Algunos miserables, ciegos, mercenarios de la inmoralidad y la prepotencia salieron pronto a descalificar a Francisco.
Miran su pequeño ombligo y lo confunden con el universo.
Ellos, nada menos. Incalificables, pequeños, cultores de la oscuridad en tiempos oscuros.
Por sus actos se los conoce. Se declaran islas. Y eso serán hasta que los tape el agua.
Mientras tanto, ¿por qué no la esperanza?
Hay momentos sombríos de la historia en los cuales, pese a todo, la esperanza es un hecho moral.
Personalmente, celebro a Francisco no porque es argentino (nadie elige en dónde nace), sino porque es Francisco.
por Sergio Sinay
Escritor, psicólgo, columnista del diario La Nación de Buenos Aires
viernes, 22 de febrero de 2013
| Un canto a la vida |
Alfonso Cortez, fuera de la red del Facebook, está compartiendo este mensaje en las casillas electrónicas de correo:
Creo que vale la pena compartir el valiente canto a la vida que nos transmite, en todas las redes sociales:
Hoy 22 de febrero, mi amigo del alma y compadre, Douglas Villarroel, cumple 19 años de haber sido trasplantado de riñón.
El 15 de mayo de 1994, a ochenta días de su trasplante, cuando yo colaboraba con la revista Reflejos de la Semana, publicamos un desgarrador testimonio de Douglas que hoy considero imprescindible rescatar y difundir.
El artículo de Douglas es un canto a la vida, a la esperanza, a la alegría, a la felicidad y a poner en alto la ilimitada grandeza humana del donante:
“…si algo aprendí, fue que nuestra felicidad depende no de lo que nos sucede, sino de nuestra actitud frente a ello, y que a pesar de los muchos problemas, uno puede ser propagador de alegría”.
“…llegué a alcanzar un enriquecimiento interior luego de un lento proceso que comenzó con la aceptación de mi enfermedad; postura psicológica que me permitió dejar atrás la nulificante sensación de rebeldía”.
“…el donar un órgano es un acto de desprendimiento que significa una reafirmación ante Dios de un compromiso con la vida, es la muestra de amor más pura que he conocido en mi vida”.
El acto de amor que Alberto, su hermano, realizó hace 19 años, se convirtió en un renacimiento para Douglas, y una bendición para todos a quienes este amigo médico ha contagiado con su vida y alegría.
¡Hoy es un día para celebrar el amor!
Creo que vale la pena compartir el valiente canto a la vida que nos transmite, en todas las redes sociales:
Hoy 22 de febrero, mi amigo del alma y compadre, Douglas Villarroel, cumple 19 años de haber sido trasplantado de riñón.
El 15 de mayo de 1994, a ochenta días de su trasplante, cuando yo colaboraba con la revista Reflejos de la Semana, publicamos un desgarrador testimonio de Douglas que hoy considero imprescindible rescatar y difundir.
El artículo de Douglas es un canto a la vida, a la esperanza, a la alegría, a la felicidad y a poner en alto la ilimitada grandeza humana del donante:
“…si algo aprendí, fue que nuestra felicidad depende no de lo que nos sucede, sino de nuestra actitud frente a ello, y que a pesar de los muchos problemas, uno puede ser propagador de alegría”.
“…llegué a alcanzar un enriquecimiento interior luego de un lento proceso que comenzó con la aceptación de mi enfermedad; postura psicológica que me permitió dejar atrás la nulificante sensación de rebeldía”.
“…el donar un órgano es un acto de desprendimiento que significa una reafirmación ante Dios de un compromiso con la vida, es la muestra de amor más pura que he conocido en mi vida”.
El acto de amor que Alberto, su hermano, realizó hace 19 años, se convirtió en un renacimiento para Douglas, y una bendición para todos a quienes este amigo médico ha contagiado con su vida y alegría.
¡Hoy es un día para celebrar el amor!
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