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miércoles, 20 de marzo de 2013

| Che, Francisco, bienaventuradas la alegría y la buena fe


¡Viva la diferencia!




Gabriela Ichaso | Editorial de PiedraLibre 91 y artículo semanal de El Deber


En este mundo tan previsible y apurado para lo negativo, lo malo, la descalificación ligera y la desconfianza antelada, no terminábamos de dudar de las razones de Benedicto XVI para abdicar o desertar como Papa y jefe de Estado, cuando la sorpresa de la abrumadora elección del Obispo de Buenos Aires como nuevo líder de la Iglesia Católica, nos conmovió hasta el tuétano.

Removió la infancia del catecismo militante en la Parroquia Nuestra Señora del Valle, la Virgen morena en la ciudad de La Plata, donde las adolescentes catequistas lucían el crucifijo de plata en el pecho y la palabra de Jesús en los labios, enseñándonos a cantar los domingos con guitarra y bombo, a caminar compartiendo el micro, la merienda, el estudio, la pobreza como forma maravillosa de vida, fundada en el saber, en el trabajo y en la familia.  Eran años revueltos, en los que el pueblo argentino vivió el infierno y la militancia de ser clase media estudiosa y comprometida fue arrastrada a la peor tortura por el delito de pensar y querer cambiar el mundo, que asusta porque libera y los que tienen miedo a perder sus privilegios, matan, hacen matar o dejan matar.

El Estado nos organiza para convivir en libertad: la fe es parte de esa libertad y cada quien la practica según sus creencias.  Así, no comulgo con el Estado Vaticano, ni con la estructura vertical, autoritaria y burócrata en que se convirtió la Iglesia de Pedro, apóstol de la palabra y la obra de Cristo.  Ni qué decir de los tribunales absurdos católicos, como los de la prensa, la Policía, las Fuerzas Armadas, mal llamados “especiales”, que encubren crímenes contra la humanidad, desde el libelo y la calumnia hasta la pederastia, pasando por el abuso de poder y el terrorismo de Estado.

La llegada de Francisco es una luz en el fondo del túnel: la posibilidad de retomar y conducir por el mundo esos valores cristianos de voto de pobreza, la sencillez, el perdón, la bondad, el amor, tan pasados de moda o impostados, reñidos con la forma de vida que llevamos.  Una luz con alegría y con esperanza. 

¡Bienaventurado, Francisco, que necesitábamos además de fe, quién la represente, la viva y la ejerza como uno más de estas tierras!  Aquí, en este país te esperarán seguramente en la Ciudad de la Alegría, testimonio de la Iglesia de los pobres, y las Misiones Jesuíticas, las únicas vivas de América, de donde echaron tiempo atrás a los evangelizadores del verdadero fin del mundo!

viernes, 15 de marzo de 2013

| Ningún hombre es una isla

Ningún hombre es una isla, decía el poeta inglés John Donne, sino parte de un continente.

Cuando suenan las campanas, agregaba, no preguntes por quién suenan. Lo hacen también por ti. 


Lo que ocurre en el mundo nos toca a todos, aun a quienes no se creen o no se sienten parte de él y aun a quienes intentan hacerse un mundo aparte, desentendiéndose del latir del planeta. 


La elección de un nuevo Papa afecta a todos, más allá de nuestra voluntad o nuestro deseo. Afecta a católicos, judíos, protestantes, musulmanes, budistas y ateos. 


Es un hecho del mundo y toca a quienes lo habitan. 


Por eso no es anecdótico que el nuevo Papa haya elegido llamarse Francisco. 


No soy católico, pero abrigo la esperanza, a corazón abierto, de que actúe bajo la impronta de ese nombre, el del más pequeño, el más pobre, el más austero y el más amoroso de los santos (porque amó, y lo hizo con acciones, a todos los seres vivientes, de todas las especies). 


Elegir llamarse Francisco en tiempos de derroche, de egoísmo, de soberbia, de indiferencia, de banalidad, de exhibicionismo y de impudicia moral, es, por lo menos, una buena declaración de principios. Y un buen principio.


Algunos miserables, ciegos, mercenarios de la inmoralidad y la prepotencia salieron pronto a descalificar a Francisco. 


Miran su pequeño ombligo y lo confunden con el universo. 


Ellos, nada menos. Incalificables, pequeños, cultores de la oscuridad en tiempos oscuros. 


Por sus actos se los conoce. Se declaran islas. Y eso serán hasta que los tape el agua.

Mientras tanto, ¿por qué no la esperanza? 

Hay momentos sombríos de la historia en los cuales, pese a todo, la esperanza es un hecho moral. 


Personalmente, celebro a Francisco no porque es argentino (nadie elige en dónde nace), sino porque es Francisco.


por Sergio Sinay

Escritor, psicólgo, columnista del diario La Nación de Buenos Aires