¡Viva la diferencia!
Publicado en El Deber y Revista PiedraLibre
Gabriela Ichaso Elcuaz
Estos días de octubre, han saltado a
la pantalla global -en seguidilla- “asuntos de mujeres” que contrastan las
desigualdades y la situación de precariedad en que viven, sea en el Islam del Medio
Oriente o en Canadá, la panacea del primer mundo.
Malala Yusufzai, paquistaní, 14
años, quiere estudiar, no que la casen. Hoy pelea por su vida, baleada por el
talibán que justifica que “la sharia debe morir por la sharia”. Malala es una de los millones de mujeres que
aún "se deben" al marido o a la casa, invisibles a los ojos de
quienes somos libres. 70 millones de mujeres están casadas antes de los 18 años
en el mundo. Malala, entrevistada en los medios
occidentales por su clamor a través de su blog, dijo meses atrás: "Tengo
derecho a una educación. Tengo derecho a jugar. Tengo derecho a cantar. Tengo
derecho a ir al supermercado. Tengo derecho a hablar".
Amanda Todd tenía 15 años y fue víctima de acoso escolar durante tres. Un
pedófilo la contactó a los doce años, la obligó a fotografiar sus senos y la
chantajeó “armándole” una página en Facebook, lo que fue insuficiente, ya que
la obligó a exhibirse, prometiéndole devolverle la foto. Luego de ser objeto de
burlas, comentarios públicos y marginación de sus compañeros de escuela, ella
creyó en un muchacho quien, después, junto a su novia y otras personas la
golpearon en la puerta de la tercera escuela a la que huía, tratando de dejar
atrás el horror. Su historia la contó ella misma en un video donde no dice una
sola palabra sino que sus manos, impotentes, van pasando tarjetitas durante
nueve minutos, escritas de su puño y letra. Ayer, luego de poner su video en
internet, se suicidó en su casa en Port Coquitlam, Columbia británica, Canadá.
En Bolivia, de otros modos, las
niñas no viven libres. ¿Cuántos cientos de miles de mujeres están en la soledad
del campo, de la montaña, del hacinamiento urbano, sin el fanatismo talibán de
por medio, condenadas a no llegar al colegio porque las obligan a cuidar a los
hermanos, a cocinar, a lavar, a arar la tierra u otros quehaceres, incluso
incestuosos, abusadas al quitárseles el derecho a ser ellas mismas? ¿Quién sabe
de las vidas de las miles de niñas, adolescentes y mujeres bolivianas que por
vergüenza, por temor, por terror, por verse acorraladas en un mundo que no las
toma en cuenta ni en serio, donde su pedido de compasión, auxilio o defensa es
poco menos que invisible, ridiculizado, minimizado, amenazado?
En el día de la Mujer Boliviana, el mejor homenaje ha sido la declaratoria
mundial del 11 de octubre, Día de la Niña. A ver si así comenzamos a dejar de
hacernos los ciegos con la trata de personas, la prostitución infantil, la
pedofilia, el estupro, la violación, el acoso escolar y en cualquier sitio, el
aborto clandestino, el embarazo no deseado, la agresión física y mental a las
hijas de la humanidad. Porque sólo
tendrá motivos para festejar aquella si está libre de maltrato: hay siete de cada diez mujeres a las que de
algún modo la toca la violencia.
Mucho antes de hablar de la “descolonización”, empecemos a decir y actuar por la “descosificación” de las mujeres: las de todas partes del mundo. Desde nuestra propia casa, donde ni siquiera
sabemos que quien nos ayuda tiene cumpleaños, sentimientos y vida propia; desde
la escuela, donde ser mujer no pasa por la ropa, ser popular o ajustada a las
medidas de la moda; desde donde estemos y por donde vayamos, respetemos y
hagamos respetar el derecho humano y ciudadano, a ser mujer.
Gabriela Ichaso es directora de Idearia, taller de ideas positivas en comunicación y
educación | Twitter / gabitadelsur

