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domingo, 27 de febrero de 2011

27F | El día que madrugó el espanto

Con Chile atravesado en la garganta, estuvimos ahí.  A cada instante, por turnos, reportando lo poco que se sabía, al lado de nuestros afectos en modo virtual y automático para desesperar menos.

¡Hoy y siempre por la vida!

¡Fuerza a los que se levantan y se reconstruyen, Dios aprieta pero no abandona!

lunes, 1 de marzo de 2010

Chi, chi, chi, le, le, le: ¡Fuerza y vamos Chile!














¡Qué gobiernango, Chile, qué gobiernango! Estoy recibiendo la mejor lección al vivo de mi vida en "Política de Estado", "Dicción y expresión", "Gramática, semántica y semiología", "Sensatez y control de la situación", etc. ¡Que el mundo entero ponga sus ojos, sus oídos y su memoria sobre Bachelet y sus ministros!

Hasta para pelarle y rectificar, no pedir ayuda sin saber si realmente le hace falta y para qué, como dijo el Ministro de Defensa cuando le preguntaron por qué no mandaban los aviones militares a la zonas afectadas: todo lo que tenga un destino y un objetivo se hace, si no, no se hace... ¡Gobiernango!

Sinceramente, pienso que es una luz en medio de la aburrida nada cotidiana que nos rodea en casi toda Latinoamérica. A mí me ha tocado muy profundamente porque es la primera vez en treinta años que veo y escucho un discurso impecable unido a una reacción organizada y una acción implacable, desde un Gobierno del sur.

Se me parte el corazón del sufrimiento chileno en estos momentos, de la angustia de la caída de la noche pensando que puede volver a suceder, del desastre sufrido, del centenar de réplicas en distintas intensidades que tienen al litoral central en ascuas. Pero, que me perdonen, qué gratificante es saber que no están abandonados a su suerte, que con errores y defectos, tienen un Gobierno más grande que la desgracia y que se ocupa de ellos, sin demagogia ni figuretismo, con la plena conciencia de que hay que hacer todo lo que hace falta sin falsedades, ni despilfarro en lo que no es: un ejemplo, en vez de ponerse a repartir víveres, el Gobierno se sienta con la Asociación de Supermercados y rápidamente acuerda e informa que en las zonas de catástrofe serán estos los que provean gratuitamente los alimentos de primera necesidad a los damnificados.

Bien decía Sergio Molina, boliviano radicado en Santiago, "¿Quieres saber por qué Chile es tan ordenadito e institucionalizado? Mira las imágenes del terremoto... Necesitas normalidad cuando sabes que en cualquier momento todo va a desaparecer."

Alguien aún no identificado grabó con su celular en su habitación el instante del terremoto en Chile: se ve el movimiento de las cosas hasta el corte de luz, se oyen las alarmas en el exterior, los gemidos de su familiar asustada, su propia voz intentando dar tranquilidad y animando a llamar alguna persona "antes que ... se caiga la señal". El autor de este testimonio grabado no perdió la calma y nos compartió, sin saberlo, a todos la angustia y la impotencia del ser humano ante la omnipresencia de las fuerzas naturales de la Tierra.

No perdamos la perspectiva ni las circunstancias: el terremoto principal fue a las 3:34 del sábado y hoy, apenas 48 horas después, en fin de semana, con los más de 100 intermitentes e imprevisibles movimientos telúricos que siguen asustando a todos, Chile -dentro de lo posible- vuelve a la normalidad.

Hay un "GOBIERNANGO" ocupado en que se sienta menos el desamparo y la impotencia. Y no andan llorando sobre sus ruinas ni por lo que perdieron sino por quienes murieron: no esperan que la ayuda venga de afuera tampoco ni les hace falta el dedo acusador en un panorama catastrófico, dantesco como decía la Alcaldesa de Viña.

Chile tiene eso, fuerza e instituciones y un Gobierno de "humanos" bien puestos: haciendo lo que hay que hacer, sin perderse en "ismos", asumiendo ordenadamente, protocolo de acción en mano, la responsabilidad histórica de atender la emergencia "sin parangón", como bien dijo Bachelet.

El mar hizo estragos en la costa central. Los testimonios de los sobrevivientes son cada uno, único y estremecedor. El agua escasea y la experiencia humana de "el día después" nos revela las más insospechadas y diversas reacciones frente a lo incontrolable y la enorme capacidad de lucha por la vida. Muchísima gente ha abandonado las alturas de sus domicilios en los altos edificios santiaguinos: desde la falta de energía eléctrica que impide el funcionamiento de ascensores hasta el temor de resquebrajamiento de las estructuras son motivos suficientes para elegir acogerse en casa de amigos o vecinos e, incluso, acampar en las calles y plazas, como en Concepción, BioBio y el Maule.

El intento principal de volver a la normalidad es una expectativa mayor: Chile lo logrará porque su gente tiene las agallas y la cultura para hacerlo.