¡Viva la diferencia!
Publicado en revista Piedra Libre y diario El Deber
Gabriela Ichaso Elcuaz
Entendamos primero el concepto de discapacidad como la inaccesibilidad de
una persona a distintos niveles de la sociedad en la que vive, la cual le resta
oportunidades, así descrita por la Convención de los Derechos de las Personas
con Discapacidad, suscrita por el número más alto de signatarios en las
Naciones Unidas, el 13 de diciembre de 2006.
Discapacidad, entonces, que no sea incapacidad nuestra además: los
normales, incapacitados de aceptar, de no marginar, de no discriminar, de no
juzgar como subnormal, a quien es diferente, a quien le falta algo que los
demás tenemos, a quien le sobra algo que los demás envidiamos o desconocemos, a
quien no comprende nuestras burlas, ironías y crueldades aprovechándonos de su
inocencia, a quien no habla con la voz o no escucha o no lee chino, castellano,
inglés o portugués pero sí los habla con el lenguaje de señas o el braille -lenguajes que no se nos ha
ocurrido aprender como políglotas que nos creemos-, a quien no le interesa la
moda, el protocolo, los horarios, las formas que inventó una sociedad que
olvida que fuimos hechos para amar y ser amados y no para encasillarnos en estereotipos.
Leonardo Farfán, amigo con Asperger, dice que a la larga todos nos vamos
volviendo discapacitados al ir envejeciendo.
En sus “Confesiones de un caracol”, nos desnuda su forma personal de ver
el mundo. Lo recomiendo por sorprendente, fácil de leer y revelador. La ciencia
ha intentado discernir en teorías de la mente, manifestaciones de personas
distintas a las “social y políticamente correctas” que difieren en sus formas
de relacionamiento, por ejemplo, y han sido marginadas de la escuela y de las
amistades por la incapacidad de las personas “normales” de aceptarlas e
integrarlas.
La ciudad, en viviendas, negocios y espacio público, debería prever la
eliminación de las barreras arquitectónicas que obstaculizan uso y
funcionamiento a personas que no ven, que no escuchan, que andan con bastón,
silla de ruedas o cochechito, etc. Todas las escuelas deberían aceptar a toda
persona capaz de aprender, de forma distinta, pero que requiere más capacidad
del maestro en lugar de excluirla, sin darle oportunidad suficiente, a un
centro especial.
Esta primera semana de adviento, creceríamos como seres humanos si
reconocemos con la atención a un igual a las personas que aprendimos mal a sentirles
lástima con una limosna, mirándolas por encima del hombro.
Idearia,
comunicación y educación | Twitter / gabitadelsur

