¡Viva la diferencia!
Gabriela Ichaso Elcuaz
El único
código que parecemos reconocer es el de barras, cuyo lector –además- es
electrónico y está en las cajas de muchos comercios, que así registran sus inventarios
y la cuenta que nos toca pagar. Lo que dice el código de barras en la pantalla
que lo traduce, lo pagamos sin chistar o nos quedamos sin el producto que
fuimos a buscar.
Hace
doce años que venimos reclamando un Código de Urbanismo y Obras adecuado a la
realidad y proyectado al futuro de esta ciudad que no para de crecer. Lo ideal hubiera sido un Código de Urbanidad
pero bueno, al fin desempolvaron el mamotreto y estos días el Gobierno
Municipal abrió el debate para actualizarlo, pulirlo, aprobarlo y ponerlo en
práctica.
Ponerlo
en práctica. Esa es la cuestión. Si cada uno nos hiciéramos responsables, la
ciudad cambiaría a parecerse más a lo que quisiéramos. El problema está en que
somos buenos para apuntar con dedo acusador al Gobierno Municipal (en este
caso) o a quien esté al frente, con tal de no asumir las reglas y cumplirlas
para dar ejemplo con la práctica. Mucho se habla de educación ciudadana y
pregunto si los que fuimos alguna vez a la escuela no aprendimos que las reglas
se cumplen o se mejoran para cumplirlas: si no lo aprendimos, bienvenidos al
mundo real y dejémonos de hipocresías con quienes van a la escuela ahora.
Sólo
mirar el estado catastrófico como están dejando las pocas aceras que había,
alamedas, vías públicas, las empresas constructoras que entierran cañerías de
YPFB, que entierran cables de CRE o de semáforos del Gobierno Municipal, que
usan las veredas como obrador de edificios y casas privadas, que amplían
avenidas, deshacen rotondas y construyen canales: todas, sin excepción, tienen
ingenieros (una profesión de mérito académico superior) y arquitectos, que
daría vergüenza que reclamaran “educación ciudadana” para aprender lo que les
enseñaron en cualquier universidad (ni les digo, los que se formaron en el
exterior): seguridad, señalización, respeto a la vía pública y su correcta
terminación, iluminación nocturna, etc. Los profesionales deberían dar ejemplo
de ejercitar y aplicar el código de ética que juraron cumplir al recibir su
título, empezando con las empresas donde trabajan, siguiendo con las
instituciones o personas que los contratan, dando cátedra de urbanismo y
urbanidad.
Los
vecinos y las vecinas de la ciudad somos tan poca cosa (como sus propios hijos
y su familia) que no merecemos un cartel de obra en la vía pública, barandas en
los cruces improvisados, señales de advertencia dignas. Somos tan poca cosa que abren nuestros
espacios públicos para obras de su incumbencia (seguramente para dar un mejor servicio
a todos), por las cuales les pagan y les da igual la desprolijidad con que las
dejan o si la lluvia convierte en pozancones las perforaciones descubiertas o
mal rellenadas y apisonadas.
El
primer código del ser humano es respetar la vida (la propia) y la del otro ser
humano. Primero está la persona: la que trabaja en medio del tráfico con apenas
un cono fosforescente como protección o en las alturas sin andamio seguro, la
que no sabe que un pozo quedó abierto porque a las seis el obrero se fue, la
que no sabe por dónde caminar porque no tiene por dónde.
Primero
está la urbanidad, la calidad de vida en la ciudad, que el urbanismo, las cosas
de la ciudad.
Directora
de Idearia, comunicación y educación | Twitter / gabitadelsur
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